Bailar con el corazón

Michael Jackson
Decía Michael Jackson que pensar es el mayor error que un bailarín puede cometer, que no hay que pensar, hay que sentir, y no era el único artista que ha dicho algo similar.

Hoy quiero escribir esta entrada porque este tema es algo de lo que habitualmente hablo con mis maestros y compañeros, algo que siento profundamente y que jamás me canso de defender incluso si ello me lleva a tener que enfrentarme en intensos debates con personas que no comprenden mi postura en este tema.

Muchas personas son árduas defensoras de que en la danza no hay nada más importante que la técnica, se afanan en preparar sus cuerpos como una herramienta que debe ser lo más perfecta posible, entrenada al máximo para realizar pasos casi imposibles y entrar en una especie de batalla campal con sus compañeros en a ver quien es el que consigue hacer aquella sucesión de pasos coreografiados que consiga ganarse el respeto de criticos y entendidos.

Sin embargo, muchas veces ocurre que llega alguien cuya técnica no está tan estudiada, alguien cuyo cuerpo viene tocado de serie por enfermedades o constantes lesiones, alguien que no recuerda los pasos y se ve obligado a improvisar, alguien totalmente imperfecto que consigue arrancar el aplauso del público a pesar de sus pasos equivocados y que conmueve a la gente ante la estupefacta mirada de quienes no comprenden como alguien infinitamente menos preparado parece atraer más la atención de ese público que no pueden por menos que tachar de ignorante. ¿Qué es lo que puede haber sucedido? se preguntan asombrados.

Pues es muy sencillo, hay personas que bailan con el corazón.

Isadora Duncan
Bailar con el corazón es olvidarse de todo y que ya solo exista la música y tú, es renunciar al miedo y volar hacia ese vacio que solo estando así podemos llenar, es como tener un lienzo o una página en blanco que nos permite pintar o escribir. Muchas veces tememos deshacernos de cosas e insistimos en acaparar más y más, nos aterra fallar o pasar desapercibidos, la amenaza de quedar en ridículo nos paraliza y queremos llevar todo estrictamente calculado. Nuestro movimiento se convierte en números, en pasos que contamos, nos transformamos en una especie de conde Draco que cuenta interminablemente hasta ocho para volver a empezar y que se olvida de sentir.

Entonces sucede algo terrorífico, es como si con cada número un relámpago atronara todo el escenario, y es que el público pasa de escuchar la música a escuchar tus pensamientos, unos pensamientos que son tan matemáticos que de tu cara y gestos solo salen decimales y convierten al público en un robot que aplaude solo por compromiso y luego se queda impasible.

El que baila con el corazón no piensa, se deja llevar por los sentimientos que la música le provoca, se deja envolver por ella y vuela. Cuando uno vuela no necesita pasos, solo necesita alas, y las alas son libertad. El artista se olvida de la tecnica y comienza a pintar su lienzo en blanco, originando todo tipo de sensaciones en quien lo contempla, desatando una reacción llena de autenticidad y vida, el público ya no es una máquina, son ellos mismos, ya no ofrecen un aplauso fácil sino que confiesan su verdadero ser y sea cual sea su juicio, nos pagan con la verdad.

Pero lo mejor de todo es que nosotros también ofrecemos verdad, y con ella un sinfín de sensaciones, algunas de una belleza sin igual, una belleza que puede ser imperfecta, pero que no deja impasible a nadie. Eso es arte. Esa ventana que abrimos hacia nuestra alma es lo que muchos denominan duende, es lo que llena de magia el escenario.

El público está cansado de ver siempre lo mismo, de ver los mismos pasos y poses y quieren algo más. Algunos sacan pasos nuevos innovando y divierten al público porque lo sorprenden, pero pronto esos pasos pasan a ser conocidos e imitados por muchos y volvemos a entrar en una espiral. Los sentimientos cambian cada día, podrías bailar todas las veces con los mismos pasos que jamás bailarías igual si los imprimes sentimiento, si bailas con corazón, si te dejas el alma en cada paso.

Randa Kamel
Pero no quiero ser injusta con la técnica. La técnica es una herramienta maravillosa, pero no puede ocupar nuestra mente obligándonos a pensar mientras bailamos, porque sino nos ata y no podemos ser libres, no podemos volar. La técnica debe pasar a formar parte de nosotros, debe quedar guardada en algún recóndito lugar de nuestro subconsciente para que surja sin llamarla. Cuando técnica y corazón van de la mano es cuando el público no puede permanecer sentado, la carne se le pone de gallina y la pasión comienza a correr por sus venas y le hace ponerse en pie.

Hay quien me pregunta ¿pero entonces se puede bailar en un escenario sin saber muchos pasos? por supuesto que se puede, lo que no debería hacer nadie que quiera bailar bien es dejar de aprender. Somos eternos aprendices de la vida y por supuesto también de la danza. Cuanto más aprendas, más libre serás, porque saber cosas no significa tener que aplicarlas todas, pero si saber que existen y decidir como quieres utilizarlas o desecharlas.

Esto es mi forma de ver y sentir la danza. Yo no soy una gran maestra y por tanto puedo estar equivocada, pero de vez en cuando, y digo esto porque lamentablemente no es tan a menudo como me gustaría, me encuentro maestros que veo que piensan de forma parecida y me hacen pensar que quizás a pesar de todo el desconocimiento que aún tengo sobre la danza, puedo tener aunque solo sea un poquito de razón en lo que digo.

A veces yo misma bailo que da pena y me averguenzo de lo que he hecho cuando me veo en video, y es fundamentalmente porque caigo en la tentación de pensar. Otras me dejo llevar por la improvisación y hago lo que siento y me da la real gana. Muchas veces he bailado cosas terribles en cuanto a técnica, pero las he bailado con el corazón y a la gente le ha gustado a pesar de los fallos.

Hace unos días me pasaron un video maravilloso de Alonzo King, fundador y director artístico del Ballet Alonzo King de San Francisco, cuyas palabras volvieron a afianzarme en mis pensamientos y solicité permiso a Marta Bercy para ponerlo en el blog y compartirlo con todos vosotros. Espero que os guste, que os mueva algo y sobre todo que os haga perder el miedo al fracaso y que voléis. Bailad con el corazón, no con los pies.


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